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Portada de la novela Condenado a verla feliz

Condenado a verla feliz

A sus veinte años, Natalia vive marcada por el amor secreto que siente hacia Ricardo Montenegro, el imponente mejor amigo de su padre, quien le lleva doce años de diferencia. El destino de ambos cambia drásticamente durante una importante recepción, donde Ricardo es víctima de una peligrosa droga. Luciendo el hermoso vestido de princesa que él mismo le obsequió en el pasado, Natalia toma la decisión de entregarse a él para salvarlo, transformándose de forma irrevocable en su único remedio.
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Capítulo 2

Tras colgar, Natalia se secó con rapidez las lágrimas y tomó sus documentos, lista para salir.

Pero justo al abrir la puerta, se topó de frente con el hombre que estaba parado justo ahí.

El cuello de Ricardo estaba cubierto de marcas de besos recientes, una imagen que asaltó la mirada de Natalia sin previo aviso.

Aunque ya se había hecho a la idea de que Ricardo e Isabela hubieran pasado la noche juntos, aun así, tuvo que apartar la mirada.

Su gesto sutil no pasó desapercibido para Ricardo. Al notar también sus ojos enrojecidos, él ató cabos al instante.

Con frialdad, añadió una nota de advertencia a su tono:

—Natalia, te guste o no, Isabela y yo estamos juntos.

—Me voy a casar con ella. Y ya que vives aquí, más te vale respetarla. No quiero volver a oír las babosadas que decías antes.

Natalia bajó la mirada y respondió con calma aparente:

—Entendido, señor Ricardo.

Al oír cómo lo llamó, Ricardo sintió una extrañeza particular.

Bajó la cabeza y la observó con detenimiento.

No recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que ella le había hablado así.

Antes, cuando Natalia recién llegó a vivir con los Montenegro, ella siempre se dirigía a él como "señor", de una manera educada pero distante.

Pero después, cuando sus sentimientos cambiaron, empezó a llamarlo por su nombre, a secas, negándose a usar aquel trato anterior.

Arrugó la frente, y justo cuando iba a decir algo, una voz femenina sonó de pronto a sus espaldas, rompiendo la extraña quietud que se había formado.

—Ricardo, ya traje mis maletas. ¿En qué cuarto me quedo?

Ricardo reaccionó de inmediato y rodeó con el brazo a Isabela, que se acercaba. Le dijo con ternura:

—Te encanta el sol, ¿verdad? La habitación de Natalia da al jardín, es la que tiene mejor luz. Le pediré que se mude al cuarto de huéspedes. Tú te quedarás aquí.

Una sonrisa de suficiencia brilló en los ojos de Isabela, aunque fingió apuro al decir:

—Ay, pero ¿cómo crees? Me da pena.

—Ella llegó primero... A fin de cuentas, yo soy la recién llegada. ¿Por qué mejor no me quedo yo en el de huéspedes?

Dicho esto, Isabela hizo ademán de bajar las escaleras, pero al instante soltó una exclamación.

Ricardo la detuvo, estrechándola de nuevo.

—Tú vas a ser mi esposa, la dueña de esta casa. ¿Cómo vas a quedarte en el cuarto de huéspedes?

—Pero Natalia lleva tanto tiempo viviendo ahí... si de repente le pedimos que se cambie, ¿no le costará trabajo acostumbrarse?

Al oír eso, él le dirigió una mirada a la joven junto a la puerta.

—¿Y qué si le cuesta? Tendrá que acostumbrarse. Tiene que hacerse a la idea de que me voy a casar, de que esta casa tendrá una dueña... y de que ella aquí es solo una extraña.

Las pestañas de Natalia temblaron apenas. Esbozó una sonrisa amarga, cargada de ironía.

«¿Una extraña...?»

«Tiene razón. No se equivoca. Eso soy, una simple extraña.»

Apretó los labios.

—Ahora mismo empaco mis cosas y me mudo al cuarto de huéspedes.

«Total, ya falta poco para irme. Volveré con mi padre. No regresaré nunca. Jamás volveré a poner un pie en este lugar.»

«Esta ya no es mi casa. Es el hogar de ellos.»

...

Los días siguientes, Natalia estuvo ocupada con los trámites en la embajada. Salía temprano y regresaba tarde, haciendo lo posible por no cruzarse con Ricardo.

Pero por más que intentaba evitarlo, terminó siendo testigo de las muestras de afecto y devoción de Ricardo hacia Isabela.

Si Isabela no tenía apetito, él no escatimaba en gastos para traer a los mejores chefs a casa solo para que le prepararan algo.

Si ella se sentía mal, él cancelaba contratos de decenas de millones de dólares y se quedaba a cuidarla, dedicado por completo.

Si Isabela mencionaba que había visto alguna joya que le gustó, no pasaban ni diez minutos antes de que él mismo se la entregara en sus manos.

Natalia observaba todo en silencio, sin decir nada, sin causar problemas.

Mientras esperaba la aprobación de sus papeles de inmigración, Natalia empezó a empacar sus pertenencias.

Organizó primero su equipaje. Luego, reunió las cartas de amor que le había escrito a Ricardo y los retratos que le había hecho, metió todo en una caja y la cargó hacia afuera con la intención de desecharla.

Justo al llegar a la puerta, se encontró de nuevo con Ricardo, que volvía de comprarle un postre a Isabela.

Natalia actuó como si no lo hubiera visto y siguió su camino sin mirarlo, dispuesta a salir.

Al instante, sintió un dolor agudo en la muñeca. Ricardo la había sujetado.

—Me has estado evitando en estos días, ¿no es así?

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