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Portada de la novela El día que todo cambió: renacer antes del bungee

El día que todo cambió: renacer antes del bungee

En esta novela moderna de romance y fantasía, la protagonista decide cambiar su destino tras renacer. En su vida pasada, se negó a saltar en bungee con Clara, la amiga de la infancia de su esposo Mateo, debido a su avanzado embarazo de ocho meses. Aquella decisión desencadenó una tragedia para Clara y la furia culposa de Mateo. Ahora, decidida a evitar el doloroso desenlace y la ira de su marido, acepta acompañar a Clara sin protestar, enfrentando un peligroso reto que desafía toda lógica.
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Capítulo 1

Yo estaba embarazada de ocho meses. Pero cuando mi esposo, Mateo Díaz, me obligó a acompañar a su amiga de infancia, Clara Vegas, a hacer bungee, no me quejé ni protesté. Simplemente asentí.

Todo porque, en mi vida pasada, Clara no estaba contenta.

Para animarla, Mateo le ofreció cumplirle un deseo.

Clara le confesó que su mayor anhelo era que alguien la acompañara a saltar en bungee.

Mateo, que le tenía pánico a las alturas, inmediatamente me pidió que yo la acompañara. Me negué en el acto, alegando mi embarazo.

Clara, al ser rechazada, se entristeció y terminó yendo a un bar para ahogar sus penas.

Allí, alguien le puso algo en la bebida y fue violada.

Después, devastada por el dolor, le dejó una nota de suicidio a Mateo:

“Si ese día no hubiera ido al bar, ¿todo habría sido diferente?”

Al leer la nota, Mateo me agarró del cuello:

—¿Por qué no accediste a acompañar a Clara? ¿Acaso habrías muerto si lo hacías?

Finalmente, Mateo me estranguló hasta la muerte, y el niño que llevaba en mi vientre se fue conmigo.

Al abrir los ojos de nuevo, había vuelto al día en que Mateo me pidió que acompañara a Clara a hacer bungee...

En la plataforma de bungee al aire libre, me encontraba en el rincón más apartado, aferrada con fuerza a la barandilla. Mi vientre de ocho meses, afectado por el clima adverso, se sentía pesado e incómodo.

El equipo de seguridad, básico y precario, me tenía pálida.

Frente a mí, Mateo parecía completamente ajeno a mi malestar. Su mirada, llena de una ternura que ya no me pertenecía, estaba clavada en su amante, Clara, quien había insistido en saltar hoy.

Clara se acercó a él con voz melosa:

—Mateo, eres tan bueno conmigo. Siempre estás ahí cuando me siento mal. Eres la persona más importante en mi mundo.

Mateo la rodeó con sus brazos con la misma dulzura:

—No te preocupes, Clara. Pase lo que pase, siempre estaré a tu lado. No temas nada.

Sus miradas se entrelazaron, cargadas de una intimidad que parecía borrar al resto del mundo.

En ese momento, una fuerte ráfaga de viento sacudió la estructura. Di un traspié involuntario, lo que provocó exclamaciones a mi alrededor:

—¡Dios mío! ¿Hacer bungee con el embarazo? ¿Está loca?

—Una embarazada debería estar en casa. Con este clima... ¿no le da miedo abortar?

—Algunas son tan irresponsables... juegan con la vida de su hijo. Luego, si hay una hemorragia, ni tiempo tendrá de lamentarse.

***

Al escuchar los comentarios, la mirada de Mateo se llenó de un desprecio aún más profundo:

—¿Lo oyes? Una embarazada problemática como tú da lástima en todas partes. Me arrepiento de haberte traído.

Clara, a su lado, intervino rápida:

—No te enfades, Mateo. Después de todo, Sara incluso usó... ciertas sustancias... para quedar embarazada. No la regañes.

Luego bajó la vista, fingiendo culpa:

—Es mi culpa. Si no tuviera depresión, no se me habría ocurrido esto... Mateo, mejor lo dejamos por hoy. Veo que Sara no está muy convencida.

—¡De ninguna manera! —Mateo la interrumpió, su determinación dirigida solo a Clara—. Clara, te prometí cumplir tu deseo. ¡Hoy saltarás!

Al decir esto, volvió su rostro lleno de aversión hacia mí:

—Sara, si no hubieras anunciado tu embarazo justo cuando Clara terminó su relación, ¿habría caído en depresión?

—Su infelicidad es culpa tuya. Si te queda algo de conciencia, acompáñala ahora y cumple su deseo.

Solo entonces los que me rodeaban se dieron cuenta de que me habían obligado a hacer bungee. Sus miradas hacia Mateo se volvieron incómodas y reprobatorias.

El instructor del bungee, sorprendido, no pudo evitar hablar:

—Señor, el bungee no es apto para embarazadas, menos en su estado. ¿Y si hay un aborto? Nosotros no nos hacemos responsables.

—Viva o muerta, es su decisión. No es asunto de nadie más —interrumpió Mateo con voz glacial. Tomó el formulario de consentimiento y lo estampó en mis manos—. Firma. Y salta.

Solo una frase. Suficiente para que el desprecio en sus ojos me atravesara como un cuchillo. Me miraba como a un desecho molesto.

Con una calma extrema, tomé el documento y firmé sin expresión: Sara García.

Después de la muerte brutal de mi vida anterior, ya conocía la frialdad del hombre al que amé por años.

No me amaba a mí. Y tampoco al niño en mi vientre.

Ya no había nada a qué aferrarme.

Haría lo que él deseaba: desaparecer por completo de su mundo.

Devolví el formulario firmado al instructor. Bajo la mirada de Clara, que apenas disimulaba su triunfo, caminé hacia el borde. Un instante antes de saltar al vacío, me volví hacia Mateo:

—Mateo, este hijo... te lo devuelvo.

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