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Portada de la novela Huí de mi boda y encendí la aurora

Huí de mi boda y encendí la aurora

La vida de Daniela se desmoronó tras la quiebra familiar y el abandono de su prometido, Javier Martínez. En su peor momento, el multimillonario Pablo Romero apareció para saldar sus deudas, costear el funeral de su padre y ofrecerle un nuevo comienzo. Tras tres años de apoyo incondicional, Daniela cree haber encontrado la felicidad. No obstante, en la víspera de su boda, descubre una verdad devastadora: el hombre que consideraba su salvador fue el verdadero artífice de la ruina de su familia y de la muerte de su padre.
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Capítulo 1

Tras la quiebra de mi familia, mi prometido, Javier Martínez, rompió el compromiso sin titubear y eligió a Lucía Giménez.

Fue Pablo Romero quien saldó mis deudas, se hizo cargo del funeral de mi padre y me sacó del incendio en el que se había convertido mi vida.

Durante los siguientes tres años, se quedó a mi lado.

Justo cuando creí haber encontrado la redención, en la víspera de nuestra boda lo escuché conversar con su mejor amigo:

—¿De verdad piensas casarte con Daniela? ¿No te da miedo que algún día se entere de que la muerte de su padre y la ruina de su familia fueron cosa tuya?

—Lucía ya se casó con Javier. Me caso con Daniela y ya. Y si algún día lo descubre, ¿ qué? Yo pagué sus deudas, yo enterré a su padre. Con eso ya cumplí con ella.

Ahí entendí que Pablo también me había mentido.

De principio a fin, la única que se lo había creído todo había sido yo.

Me quedé pegada a la puerta, oyendo cada palabra de Pablo y Manuel Torres con una nitidez que dolía. La bandeja de fruta que llevaba me temblaba entre las manos.

—¿No te arrepientes ni un poco? —preguntó Manuel.

Al oír la duda en su voz, una chispa de esperanza se me encendió en el pecho.

—Todo fue por Lucía. No me arrepiento —respondió Pablo.

Manuel se pasó la mano por la frente, vencido, e insistió:

—¿Y de qué sirvió ayudarla a afianzarse en su familia? ¡Igual eligió a Javier! ¿De verdad vas a lastimar a quien sí te ama por alguien que no te quiere?

Pablo no parpadeó, sino que miró a Manuel y habló con una calma que helaba:

—A quien elija Lucía es asunto suyo; yo solo quiero ayudarla. En cuanto a Daniela, me ama tanto que si no me caso con ella, eso sí sería dañarla. Mientras no sepa la verdad, no sufrirá. También la estoy protegiendo.

Manuel se quedó sin palabras ante su razonamiento.

Yo, en cambio, esbocé una sonrisa torcida.

Me reí de mi ceguera y de mi torpeza, durante los últimos tres años.

Tres años vi a Pablo como mi benefactor, como mi salvación. Se había plantado frente a mí cuando toda la ciudad se burlaba de mí. No solo había saldado mis deudas, sino que también había sepultado a mi padre. Gracias a él, en medio de mi caída, encontré refugio. Por él, no le guardé rencor a Javier por haberme abandonado.

Pero ahora, su conversación con Manuel me decía que todo era mentira. Y yo estaba a punto de casarme con el hombre que había provocado la ruina de mi familia.

En ese momento, escuché pasos adentro, y, sin pensarlo, corrí hacia mi habitación.

Cuando Manuel se fue, Pablo volvió, se plantó frente a mí y me tomó las manos.

—Las tienes heladas, ¿te sientes mal?

Apoyó su palma en mi frente, midiendo mi temperatura.

—No tienes fiebre. Dani, ¿qué te duele?

Me miraba con tanta preocupación que me dio miedo. No me amaba, y, aun así, sabía actuar como si me amara hasta los huesos.

Solté sus dedos despacio y forcé una sonrisa.

—Dejé la ventana abierta… seguro fue la corriente.

Pablo caminó hacia la ventana, la cerró y, sin volverse, me advirtió:

—Eres de salud frágil; no te quedes en la corriente. Si te enfermas, me va a doler.

Antes habría sonreído radiante y me habría colgado de su cuello para pedirle mimos. Pero ahora, solo guardé silencio.

Al notar mi ánimo, se agachó para mirarme a los ojos, diciendo:

—Mañana es nuestra boda. Dani, ¿no te hace feliz casarte conmigo?

Desde que lo escuché con Manuel, me quedé suspendida, sin saber qué hacer. Sin embargo, sus palabras me aterrizaron de golpe: no debo casarme con él.

Tengo que irme.

Temiendo que notara algo raro, lo tranquilicé:

—Debe ser ansiedad de novia… No te preocupes, estoy bien.

Pablo sonrió.

—No te angusties. Voy a estar contigo siempre.

Hace tres años me dijo lo mismo. Y, durante tres años, lo cumplió.

Yo creí que era por amor. Ahora sé que también era su forma de pagar culpas… y de atarme.

—Dani, vayamos a la casa nueva a terminar de arreglar la habitación —propuso, cortando mis pensamientos.

Asentí.

La casa quedaba al poniente de la ciudad, una mansión impecable.

La primera vez que la vi, me enamoré al instante. Pablo me dijo que la había elegido según mis gustos. Pero, al cruzar de nuevo el umbral, un frío me recorrió entera.

El hombre frente a mí era mi enemigo; el hombre al que había puesto en mi corazón había resultado ser quien había detonado la caída de mi familia. ¿Cómo ese sitio podría parecerme cálido?

Entonces sonó su teléfono.

Era el tono exclusivo de Lucía.

Ya hasta habíamos discutido por ese tono. Pablo me aseguró que era solo su socia, y me lo dijo con tal seriedad que no me quedó más remedio que creerle.

Tragándome el disgusto, no volví a quejarme: temía que pensara que yo era una caprichosa.

Hoy, en cambio, ese sonido me supo a campana de auxilio.

Pablo me miró con una mueca incómoda y contestó, no sin antes apartarse unos pasos, tras lo cual regresó con el gesto alterado.

—Dani, surgió algo en la empresa. Tengo que ir. Empieza a acomodar; lo que falte lo hacemos cuando vuelva.

No esperó mi respuesta. Salió sin mirar atrás.

Mientras lo veía irse, respiré por fin… y me dolió más.

Antes había sido sumamente ingenua, y también fingí que no veía.

Las llamadas de Lucía siempre habían sido prioridad para Pablo, sin importar qué estuviera haciendo.

Una vez, incluso, estábamos a mitad de un momento íntimo cuando sonó su teléfono, y, en cuanto oyó un sollozo al otro lado de la línea, se vistió y se marchó sin más.

Sin mirarme, ni decirme nada.

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