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Portada de la novela La Hija que Abandonaron Regresó Triunfante

La Hija que Abandonaron Regresó Triunfante

9.8 / 10.0
En esta novela moderna de romance y superación, una joven es desterrada al campo por sus propios padres, quienes adoptan a otra niña para darle una vida de lujos. Tras años de carencias y esfuerzo, ella logra entrar con honores a la preparatoria, pero su familia la obliga a cederle su lugar a su hermana adoptiva. Despojada de su mérito académico, de las acciones y de su herencia por quienes debían protegerla, decide empacar sus pertenencias y abandonar para siempre ese hogar que jamás la valoró.

La Hija que Abandonaron Regresó Triunfante - Capítulo 1

Mis padres tenían miedo de que yo usara la identidad de hija de ricos para fastidiar a otros. Así que me mandaron al rancho, adoptaron a la niña de esa familia y la trajeron a la ciudad para educarla.

En el rancho todos los días me levantaba a las cuatro a dar de comer a los puercos, caminaba tres horas para estudiar, y casi me muero al enfermarme por no comer bien.

Por treinta dólares de colegiatura, llamé por primera vez a su teléfono, pero me acusaron de gastar dinero a lo tonto.

Pero, de inmediato, para que mi hermana menor escogiera escuela, donaron un edificio.

Cuando con esfuerzo entré a la preparatoria a la que ella iba, obtuve un lugar de honor. Pero mis padres me pidieron que se lo diera a mi hermana menor, y me regañaron con furia:

—De verdad que eres una maldita, le robaste las cosas a tu hermana menor, y, por tu culpa, no puede estar tranquila. Estás en deuda con ella de por vida.

Con su identidad, renunciaron a mi lugar de honor, y dejaron que mi hermana menor cumpliera su deseo.

Incluso, para su futuro le dieron a ella las acciones de la compañía y la casa. Toda la familia se estaba preparando para salir del país juntos.

Viendo todo esto, ya no me sentía triste, por lo que, tranquila, me limité a empacar mi maleta, dejé aquella casa que no me pertenecía.

Alguien en la escuela se ganó una plaza directa a la Universidad Nacional de Excelencia, y anduvo repartiendo regalos chidos para todos.

Todos comentaban lo amable y generosa que era la Daniela.

Yo fui la única que no solo no se acercó por un regalo, sino que ni siquiera tuve el valor de levantar la cabeza.

Apenas ayer había entregado mi solicitud de ingreso directo, y hoy ya todo había cambiado: ahora, la plaza tenía el nombre de Daniela.

Me aferré más a mi ropa mojada y apestosa. Ayer, Daniela me había arrojado agua sucia de trapeador encima, y esa era la única ropa que tenía.

Me limpié el rabillo del ojo. Sí, estaba llorando.

La gente alrededor se dio cuenta, y sus rostros, llenos de desprecio, se transformaron en burla.

—Por fin, Lucía tuvo su merecido.

—Si Daniela no hubiera descubierta que hizo trampa en el concurso, esta plaza le hubiera tocado a esta tramposa.

—¡Ja, ja, ja! Yo siempre sospeché que hacía trampa. Lo único que merece es sentarse junto al basurero.

Escuché sus maldiciones en silencio, sin decir nada. Ya me había acostumbrado. Pero, sinceramente, me dolía en el alma.

Solo quería desaparecer de ese salón, huir de Daniela. Pero, al bajar las escaleras, alguien me empujó.

Caí. La sangre se extendió por el suelo. Medio inconsciente, vi a mi madre corriendo preocupada hacia mí.

Pero, cuando llegó, me miró como si fuera un animal abandonado… y abrazó a Daniela, aliviada de que no fuera ella la que se había caído.

Las risas, los aplausos, y las felicitaciones para la Daniela me sonaban distantes, como si estuviera atrapada en una pesadilla.

En silencio me limpié la sangre de la frente, mientras seguía escuchando los murmullos venenosos a mi alrededor:

—¿Sabías que cuando Daniela consiguió la plaza, la familia Mendoza le regaló una villa como premio? ¡Y van a celebrarle el cumpleaños en un crucero!

—¡No bromees! Cuando se enteraron de que había tenido fiebre el día del examen y no pudo ingresar, donaron todo un edificio solo para que pudiera entrar. ¡La familia Mendoza de verdad la aprecia!

No escuché más. Solo podía pensar:

«Ellos tienen tanto dinero… pueden regalar villas, donar edificios. Pero cuando yo hice una simple llamada para pedir treinta dólares para pagar la matrícula, me dijeron que dejara de malgastar el dinero y me colgaron.

Claramente, ese dinero para ellos no significa nada.

¡¡Yo soy su hija biológica!!»

Pensé que me quedaría tirada allí, en ese charco de sangre, muriendo sola, ignorada por todos.

Pero alguien sí reparó en mí.

Fernando se acercó para ver quién había interrumpido la fiesta de su hermana. Evidentemente, no esperaba encontrarse conmigo, con la cabeza cubierta de sangre.

A verme, su rostro cambió, y sus ojos llenaron de furia.

Por un momento creí que estaba preocupado por mí, que vendría a ayudarme, que me llevaría al hospital, tal y como había hecho una vez con Daniela.

Pero Fernando solo me miró con un asco brutal. Y las palabras que le salieron de la boca me helaron por completo:

—Lucía, otra vez tú, ¿hasta cuándo vas a seguir con esta novela? Ya te lo dije: mi hermana es Daniela. Deja de intentar quedarte con lo que no te pertenece.

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