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Portada de la novela La Maldición Gibson: Parí 3 Lobos

La Maldición Gibson: Parí 3 Lobos

Para romper una maldición familiar, el multimillonario Ethan Gibson lleva a diez candidatas a su isla privada con la promesa de hacer esposa a quien le dé un heredero. Pronto, el lugar se llena de codicia y horror: las mujeres que le son infieles terminan en el mar como alimento para tiburones. Tras una única noche accidental con Ethan, la protagonista descubre con terror su embarazo. El pánico la consume al dar a luz y ver que, a diferencia de los bebés humanos de las demás, ha parido tres pequeños cachorros de lobo.
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Capítulo 1

Ethan Gibson, un multimillonario, estaba decidido a romper la maldición de su familia: terminar sin heredero.

Se gastó una fortuna reclutando a diez "candidatas a ser madre" y nos llevó a todas a su isla privada, la Isla Brumazul.

El día que llegamos, Ethan lo anunció ahí mismo, delante de todas:

—La que dé a luz a mi primer heredero será la futura señora Gibson.

La codicia creció más rápido que el deseo.

En apenas unos meses, varias mujeres anunciaron sus embarazos con orgullo, casi presumiendo.

Pero las tiraron al mar, a ellas y a los bebés que llevaban dentro, y las dejaron como alimento para los tiburones.

La razón era simple: las habían encontrado con otros hombres.

Cada noche, los gritos que subían desde el muelle no me dejaban dormir.

Yo estaba aterrada, porque también había tenido un solo encuentro accidental con Ethan y ahora estaba embarazada.

Cuando por fin llegó el día y vi lo que había parido, todo se me fue a negro.

Esas mujeres que terminaron como alimento para los tiburones, al menos, llevaban bebés humanos.

Yo había parido tres cachorritos diminutos.

La partera que traje a escondidas apenas alcanzó a ver a mis recién nacidos cuando se le resbalaron los instrumentos de las manos.

Cayeron al piso con un golpe seco; se le fueron los ojos en blanco y se desplomó ahí mismo, inconsciente.

Un silencio espantoso se apoderó del cuarto. Solo se oían soniditos suaves y húmedos, y los quejidos de los tres pequeñitos sobre la cama, pegaditos a mí.

—Ah… ah…

Sus llantos eran apenas un hilito, pero a mí me golpeaban como un martillazo.

¿Cachorros? No podía ser. ¡Qué cosa tan absurda, tan enferma!

Lydia, la empleada, se tapó la boca con ambas manos, temblando como si la azotara un vendaval.

—Es un monstruo… un monstruo.

—Chloe, para ti esto ya se acabó. De verdad… ya se acabó…

—Parir… parir esto. ¿No sabes lo que te van a hacer en esta isla?

Yo estaba tirada en la cama, empapada en sudor frío. El dolor físico no era nada comparado con el terror que me apretaba la garganta por dentro.

—Esto no puede estar pasando. Tiene que ser un error.

Me pellizqué la pierna con rabia, con fuerza.

Me ardió, me dolió de verdad.

No, esa pesadilla era mi realidad.

Las tres criaturitas, con los ojos bien cerrados, se me arrimaban buscando calor, su tibieza pegada a mi piel.

El pánico me estalló, y me eché a llorar.

Ya está. Se acabó todo. ¡Ethan seguro me iba a echar a los tiburones!

Hace apenas unos días, otra mujer, una de las elegidas, tuvo gemelos. En la isla no se hablaba de otra cosa, ya estaban listos para armar una celebración enorme.

Pero Ethan los miró una sola vez y dijo:

—No son míos.

Ella suplicó, juró lealtad, mientras los bebés lloraban a gritos.

Ethan ni se inmutó; hizo un gesto seco con la mano, como si nada. Y como si estuvieran tirando basura, sus guardias los arrastraron hacia el mar.

Se escucharon disparos, el agua se tiñó de rojo con su sangre, un banquete para los tiburones.

Ese era el precio por parir "humanos".

Y yo… yo había parido perros.

En esa maldita isla, seguro ya pensaban que yo estaba maldita.

Por todos lados se susurraba la maldición de la familia Gibson, y él odiaba cualquier cosa que siquiera la rozara.

Yo estaba segura de que me iban a lanzar a los tiburones o, peor todavía, me iban a quemar viva sin pensarlo dos veces.

—Chloe, abre la puerta.

La voz de un hombre rompió el silencio afuera.

El corazón me dio un golpe tan fuerte que sentí que algo invisible me lo estrujaba.

Era Ethan, el multimillonario.

Esa voz se me había quedado tatuada en la memoria.

Un año atrás, anunció que la mujer que le diera un hijo se convertiría en la señora de la familia Gibson.

Y ahí fueron todas: un enjambre de mujeres, con los ojos puestos en el premio.

A mí me acorraló la necesidad.

Necesitaba dinero para salvar a mi abuela enferma, así que me metí en eso.

Y no sé cómo, mi perfil sencillo terminó siendo el boleto dorado.

En la isla yo sabía que no le llegaba ni a los talones a la belleza de Hannah, ni al cuerpo de escultura de Larisse, ni al aire de sangre azul de Wendy.

Yo solo estaba aguantando, esperando mi "premio de consolación".

Pero luego llegó esa noche de luna llena en el jardín, me lo encontré. Ethan estaba con los ojos desquiciados, como si no fuera él.

La luna nos bañaba de luz, marcando nuestras siluetas. El calor subió poco a poco, su mano me encendía la piel, sus dientes tiraban del botón de mi camisa.

Un aroma extraño llenó el aire, avivando algo adentro de mí, arrastrándome hacia él como una polilla a la llama.

Esa noche estuvimos juntos, y hasta me dejó una mordida en el cuello.

Esa noche me dejó embarazada.

Y ahora, otra vez, voces afuera.

—S-señor Gibson… u-un bebé… acaba de nacer…

Lydia lo oyó y vio una oportunidad para darle la vuelta a mi suerte. Se fue corriendo a la puerta, lista para soltarle todo a Ethan.

—¡Por favor, no digas nada! —grité, estirando la mano para detenerla.

Pero yo estaba hecha polvo, acababa de parir.

Quise incorporarme y solo pude caer de vuelta sobre la cama, con un golpe seco.

—¡No es mi problema! ¡Yo no me pienso morir! —Lydia no tuvo ni un gramo de compasión.

Gritó, aferrándose a la manija como si le fuera la vida en ello. Afuera se acercaban pasos: los guardias armados de Ethan.

Me paralicé, ni respirar podía.

—¿Por qué no abren la puerta? ¿No me quieren dejar entrar? —La voz de Ethan era puro hielo, amenazante, como si fuera un ángel de la muerte.

—Y-yo no puedo… ¡No gira…! ¡No se abre…! —Lydia ya estaba llorando, las manos temblorosas, sin poder mover la manija.

—Derríbenla —ordenó Ethan, cortando de golpe cualquier excusa.

Al instante, un golpe brutal sacudió la puerta pesada. La cerradura gimió, un lamento metálico.

Los tres pequeñitos en la cama, como si sintieran el peligro, se quedaron callados.

Se me pegaron aún más, temblando contra mi vientre.

Y cuando la puerta empezó a ceder, cerré los ojos, sin esperanza.

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