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Portada de la novela Me acusó de ladrona… así que le destruí la vida

Me acusó de ladrona… así que le destruí la vida

Durante tres años, Caroline usó sus influencias para aportar millones a la empresa de Claude Laurent, su excompañero y director general. Sin embargo, en una junta, una becaria la acusa de ausencias injustificadas y de malgastar fondos en cenas de negocios que en realidad servían para cerrar tratos. Pese a conocer la verdad, Claude respalda la humillación de la recién llegada y confronta a Caroline. Con una sonrisa fría, ella decide no defenderse; muy pronto todos pagarán el precio de su traición.
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Capítulo 1

Durante tres años, utilicé las conexiones de mi familia para generarle a la empresa cientos de millones en ingresos.

Y, aun así, en la reunión trimestral, una becaria recién llegada se plantó frente a todos… y se atrevió a señalarme.

Proyectó mis registros de asistencia y de gastos, uno por uno, como si fueran pruebas irrefutables.

Dijo que tenía “ausencias injustificadas”.

Dijo que estaba “malgastando el dinero de la empresa”.

—Estos clubes exclusivos, estos restaurantes… —enumeró—. Cada vez son miles de dólares. Son gastos completamente innecesarios.

Luego, miró directamente al director general.

—Le sugiero que la despida cuanto antes. Así podrá proteger el flujo de caja de la empresa.

Entonces miré a Claude.

Claude Laurent. El director general de la compañía.

Y también… mi antiguo compañero de clase.

Él sabía perfectamente cuánto dinero había generado cada una de esas reuniones.

Sabía que, cuando yo no estaba en la oficina, estaba sentada en algún bar negociando con inversionistas… a veces bebiendo más de la cuenta solo para cerrar un trato.

Lo sabía todo.

Aun así, me sostuvo la mirada con frialdad.

—Caroline, ¿qué tienes que decir sobre las ausencias y los gastos que Lia acaba de presentar?

Sonreí.

—Nada —respondí.

Porque no hacía falta explicar nada.

Muy pronto… todos entenderían el precio de ese pequeño espectáculo.

—Propongo que despidamos a Caroline. De inmediato.

La voz de Lia atravesó la reunión trimestral como un golpe seco.

Levanté la vista hacia la asistente en prácticas, recién graduada hacía apenas tres meses. Estaba de pie al frente de la sala de juntas, apretando el control remoto, con una expresión de triunfo apenas disimulada en el rostro.

Más de veinte miradas se clavaron en mí al mismo tiempo.

—Lia, ¿de qué estás hablando? —dejé la taza de café sobre la mesa, frunciendo el ceño—. ¿A qué viene todo esto?

Ella pulsó el control.

La pantalla grande se iluminó, mostrando mis registros de asistencia y reportes de gastos, expuestos sin ningún filtro.

—Señores, aquí tienen las pruebas —dijo. Su voz temblaba ligeramente, no de duda, sino de una emoción contenida—. Durante los últimos tres meses, Caroline ha estado ausente de la oficina más de veinte horas a la semana.

Otro clic.

Aparecieron fotos.

Un spa.

Un campo de golf.

Un restaurante con tres estrellas Michelin.

—Y aquí pueden ver cómo ha estado malgastando el dinero de la empresa —continuó, dejando los documentos sobre la mesa—. Le Bernardin: una cena de ocho mil dólares. El spa del Mandarin Oriental: tres mil quinientos. Y este club de golf… donde cada visita supera las cinco cifras.

La sala quedó en silencio.

Era ridículo.

No tenía la menor idea de que mis supuestas “ausencias” eran, en realidad, horas invertidas en mover los contactos de mi familia —durante tres generaciones— para atraer inversionistas multimillonarios a esta pequeña empresa.

Detrás de cada una de esas facturas absurdamente altas había acuerdos de inversión y alianzas que valían decenas de millones.

Y todos en esa sala lo sabían.

—Un total de ciento cincuenta mil dólares en reembolsos indebidos —la presentación llegó a su última diapositiva—. Recomiendo firmemente al director general que la despida de inmediato para proteger el flujo de caja de la empresa.

Hizo una breve pausa, como si quisiera que cada palabra pesara un poco más.

—Solo así podremos demostrar que en esta empresa se respetan las reglas. Y que nadie está por encima de ellas.

Recorrí la mesa con la mirada.

Los ejecutivos a los que había ayudado una y otra vez ahora parecían fascinados con sus propias uñas.

David Morales, el director financiero, que me había visto usar mi membresía en restaurantes Michelin, fingía ordenar unos informes.

Mark Reyes, director de mercadotecnia, a quien le había prestado cien mil dólares el mes pasado por una “emergencia familiar”, mantenía la cabeza baja, en silencio.

Incluso Sarah Gómez, a quien yo misma había ascendido de gerente junior a directora de mercadotecnia, me observaba con una clara expresión de reproche.

Finalmente, mi mirada se detuvo en Claude Laurent.

Mi antiguo compañero de la universidad.

Y ahora… el director general de esta empresa.

Tres años atrás, había llegado a mí con un PowerPoint a medio hacer y un sueño: “cambiar el mundo con tecnología”.

No solo le di el capital inicial. También utilicé mis membresías privadas para conseguir descuentos en todos los eventos donde la empresa necesitaba “hacer contactos”.

Él conocía la verdad.

Sabía el valor detrás de cada “ausencia”. Sabía perfectamente qué había detrás de cada factura.

Tres rondas de inversión Serie A por un total de cuarenta y cinco millones… y una Serie B en camino de ochenta millones.

Claude levantó la vista lentamente.

En sus ojos no había culpa.

Solo una frialdad distante… casi condescendiente.

—Caroline —dijo, con un tono completamente profesional—, ¿qué tienes que decir sobre las ausencias y los gastos que Lia ha presentado?

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