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Portada de la novela Me Cancelaron por Darles una Guardería

Me Cancelaron por Darles una Guardería

En la novela moderna Me Cancelaron por Darles una Guardería, una empresaria sufre el boicot de sus empleadas en redes sociales tras ofrecerles una guardería gratuita de alta gama. Tachada de capitalista, la protagonista decide cancelar el costoso beneficio y sustituirlo por un apoyo de veinte dólares. La drástica medida desata el caos absoluto en la compañía, provocando que las mismas trabajadoras que la criticaron ahora ocupen los pasillos de su oficina suplicando desesperadas que no cierre el lugar.
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Capítulo 1

Mis propias empleadas me cancelaron en redes.

Dicen que la guardería gratuita que les ofrezco para sus hijos es una cárcel y que lo que yo quiero es obligarlas a quedarse hasta tarde.

Pero ellas no tienen ni idea: esa guardería la monté desde cero, trayendo equipo y personal de afuera, con una inversión de alrededor de 800 dólares por niño al mes.

Aun así, en redes sociales me están destrozando: que si es puro show, que si soy "capitalista asquerosa", que si es pura pose.

Se me fue la cabeza y mandé un comunicado a toda la empresa:

"Con el fin de atender la solicitud de mayor flexibilidad en el cuidado infantil, la empresa ha decidido cancelar el beneficio de la guardería gratuita. A partir de hoy, este beneficio se sustituye por un apoyo mensual para el cuidado infantil: las madres que cumplan con los requisitos recibirán 20 dólares al mes."

Lo envié y explotó todo.

En cuestión de minutos, se desató el caos. Ahora tienen ocupado el pasillo frente a mi oficina.

Me están pidiendo, por favor, que no cierre la guardería.

"Cris, mira. Esto es lo que hicieron hoy los niños: una figurita con hojas y pétalos."

La jefa de Administración me mandó varias fotos. En ellas, un grupo de peques rodeaba a un profe extranjero. Con hojas y pétalos armaban animalitos, y todos se veían felices, con esa risa que me desarma.

Las miré y, sin darme cuenta, se me fue dibujando una sonrisa.

Yo fundé esta empresa con una idea muy clara: que las mujeres casadas y con hijos pudieran trabajar sin esa angustia constante de "¿y mi hijo, con quién se queda?". Un lugar donde no tuvieran que elegir entre su carrera y su familia.

Por eso le metí una inversión fuerte, de las que duelen, y en un edificio corporativo donde cada metro cuesta una fortuna, armé una guardería.

No fue cualquier cosa: el espacio se hizo con materiales ecológicos de primera; contraté solo maestras profesionales, y la comida la diseñó una nutricionista, con menús pensados para cada etapa. Todo bien hecho, todo con estándares altos.

El costo por cada niño, cada mes, superaba los 800 dólares. Y aun así, para las empleadas de mi empresa era gratis.

Las mamás de la empresa, casi todas, los trajeron. Se ahorraban el traslado, el corre-corre, y también el gasto altísimo de una guardería privada.

La guardería llevaba tres meses operando y los comentarios eran buenísimos. Yo de verdad pensé que mi buena intención iba a ser cuidada, apreciada, entendida.

Hasta que me llegó una notificación en el celular. El título decía:

"Mi jefa construyó una guardería gratis, pero yo solo quiero huir de esta cárcel."

Le di clic. La autora era una empleada del área de Operaciones: Reina Mirón.

En su publicación escribió:

"Todo el mundo envidia que en nuestra empresa haya guardería gratis. Dicen: ‘claro, solo una jefa mujer puede empatizar con las mujeres’. Pero no tienen idea: esto es la trampa más fina de los capitalistas. Nos amarra con los hijos y nos deja sin excusas para negarnos a quedarnos hasta tarde. ¿Qué en casa no hay quien los cuide? Perfecto, la empresa te los cuida. Entonces nos toca aguantar, igual que las jóvenes sin cargas familiares, quedarnos a trabajar ‘con gusto’. Esto no es un beneficio: es una forma disfrazada de exprimirnos, usando el cariño y la maternidad como carnada."

Y al final remató con una foto de espaldas "en pleno turno nocturno", con la frase:

"Yo no quiero estar atada. Solo quiero ser una mamá normal: salir a tiempo, volver a casa y hacerle una comida a mi hijo."

Me dio risa, pero de coraje.

Para empezar, el lugar de esa foto ni siquiera era de mi empresa. Y luego, lo más absurdo: aquí nunca obligamos a hacer horas extra. Es más, para cuidar a las mamás, la empresa tiene una regla explícita: después de las cinco de la tarde no se agenda ninguna reunión.

El "me hacen quedarme" era puro invento.

Y lo de "quiero volver a cocinarle a mi hijo" ya rayaba en lo ridículo, porque su hijo estaba todos los días en la guardería, comiendo mejor que en muchísimas casas: un menú más balanceado, más completo, más variado.

Pero claro… eso en redes no importa. Los comentarios, como era de esperarse, explotaron:

"¡No puede ser! ¡Qué jefa tan retorcida, qué manera de manipular!"

"Yo siempre lo digo: ningún capitalista es buena gente."

"Cada ‘beneficio’ viene con su precio escondido."

"¡Exhíbanla! ¡Nosotros te ayudamos a tumbar esa empresa!"

Yo apreté el celular con tanta fuerza que se me blanquearon los nudillos.

Llamé a mi asistente y fui al grano:

—Tráeme a Reina. Ya.

No pasaron ni dos segundos y tocaron mi puerta.

Reina entró y detrás de ella venían varias mamás empleadas. Entre ellas estaba Abril Escobar.

El mes pasado a Abril se le vino encima un problema familiar; yo misma le aprobé quince días de licencia con goce de sueldo, y todavía le adelanté tres meses de salario para que pudiera resolver lo urgente. Y ahora la tenía ahí, con la cabeza baja, parada detrás de Reina.

—Cristina, ¿podemos hablar?

Reina levantó la barbilla y, sin esperar invitación, se sentó en el sillón frente a mí como si esto fuera su sala.

—Supongo que ya vio mi publicación. Lo que dije es lo que todas pensamos.

La miré, sin una pizca de calor en la voz.

—¿Cómo es que un beneficio termina siendo una trampa cuando tú lo cuentas? Yo invierto más de 800 dólares al mes por cada niño. ¿Y tú me dices que eso es "explotación"?

Reina soltó una risa corta, de esas que no tienen nada de inocentes.

—¿800 dólares? No me vengas con cuentos. Ese dinero no entra en mi bolsillo. Yo no necesito sus ideas bonitas de educación. Nosotras, las mamás, somos más prácticas.

Se inclinó hacia adelante y me miró con esa ambición descarada que no se disfraza ni con perfume.

—Tome lo que gasta en la guardería y conviértalo en dinero en efectivo. Denos un subsidio. Así cada quien decide si se queda con sus hijos, si paga niñera, lo que sea. Eso sí es libertad. Eso sí es un beneficio real. ¿Me entiende?

No era libertad lo que quería. Lo que quería era convertir un beneficio colectivo en efectivo, así de simple.

Entonces barrí con la mirada a las que tenía detrás, una por una, esperando que alguien me sostuviera la mirada. Pero todas evitaban verme, todas bajaban la vista, como si el piso les diera respuestas.

Solo Abril levantó la mirada un segundo; se le temblaron los labios, como si quisiera decir algo. Pero Reina se giró de inmediato y la fulminó con los ojos, y Abril volvió a agachar la cabeza.

Yo respiré hondo, tratando de bajarle al enojo.

—La política de beneficios se aprobó en la junta directiva. No voy a cambiarla por el pedido irracional de una sola persona.

—¿Irracional?

Reina se rió como si acabara de escuchar el chiste del siglo.

—¿Todavía no entiendes cómo está el panorama?

Sacudió el celular frente a mí. En la pantalla estaba su publicación, y los likes y comentarios subían a una velocidad ridícula.

—Esto ya no es mi exigencia. Es la voz de todas las mamás trabajadoras que están hartas de ser oprimidas.

Yo me contuve, pero la voz me salió dura:

—El beneficio está ahí. Si no lo quieres usar, no lo uses. Yo no tengo obligación de acomodar todo a tu antojo.

Reina se levantó, se fue molesta y al salir azotó la puerta. Y aun así, antes de irse, se dio la vuelta para soltar su amenaza, bien medida, bien calculada:

—Si no aceptas lo que pedimos, no te garantizo el tamaño que va a agarrar esto mañana.

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