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Portada de la novela Me Fui al Mundo que Sí me Amaba

Me Fui al Mundo que Sí me Amaba

Tras fracasar con sus tres primeros objetivos del sistema, él sacrificó todos sus puntos para sanar a la heredera de la familia Ortiz. Sin embargo, al recuperarse, ella canceló su compromiso para casarse con Castel Díaz. Durante la boda, al ver la devoción de sus cuatro objetivos de conquista hacia el novio, él decide saltar al mar para volver a su hogar. Mientras se hunde, alguien se lanza a rescatarlo, marcando el inicio de una etapa donde esas mujeres conocerán el miedo y el arrepentimiento.
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Capítulo 1

Después de fracasar con mis tres primeros objetivos del sistema, elegí comprometerme con la heredera paralizada de la familia Ortiz.

Gasté todos mis puntos para que pudiera volver a caminar.

Pero lo primero que hizo al recuperarse fue cancelar nuestro compromiso y casarse con Castel Díaz en un crucero atracado junto al puerto, frente a todos.

En plena ceremonia, mis cuatro objetivos de conquista miraban a Castel con una ternura desbordante.

De pronto, me invadieron unas ganas inmensas de volver a casa.

Así que me di la vuelta y salté directamente al mar.

Pero cuando me hundía en el agua, una figura se lanzó tras de mí y me arrastró de vuelta a la superficie.

En ese momento, yo todavía no sabía que, muy pronto, esas cuatro mujeres acabarían mirándome con arrepentimiento y miedo.

No muy lejos, en la cubierta del crucero, Francisca Ortiz, vestida de novia, besaba a Castel Díaz con una felicidad imposible de ocultar.

Entre los gritos y las bromas de los invitados, la voz mecánica del sistema también sonó en mi cabeza:

[Fallaste en la misión. En quince días, serás eliminado a la fuerza.]

Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

Desde que reencarné en este cuerpo, el sistema me asignó cuatro objetivos de conquista.

Si alguna de las cuatro alcanzaba el 100 % de afecto hacia mí, mi cuerpo en mi mundo original, afectado por una enfermedad terminal, podría recuperarse.

Durante todos estos años, me esforcé por ganarme su afecto y me tragué el orgullo una y otra vez.

Pero cada vez que su afecto por mí estaba a punto de llegar al máximo, aparecía Castel y todo volvía a cero.

Y ahora, mi último objetivo de conquista también iba a casarse con Castel.

Al pensar en eso, me di la vuelta sin dudarlo, caminé hacia la barandilla de la cubierta y me lancé al mar.

El agua envolvió mi cuerpo. Abrí los brazos y me dejé hundir hacia el fondo.

Justo entonces, una figura me arrastró hacia la superficie.

El aire fresco volvió a entrar en mis pulmones. Apenas había regresado a la cubierta y aún no alcanzaba a entender qué pasaba cuando me dieron una fuerte cachetada.

—¿Elegiste lanzarte al mar justo en la boda de Castel para arruinarnos el día a todos, verdad?

Me limpié la sangre de la comisura de los labios y miré los ojos llenos de desprecio de quien estaba frente a mí.

Sentí que el pecho se me apretaba de dolor.

Era mi hermana mayor, Aita Vázquez, y también el primer objetivo de conquista en este mundo.

Después de que mis padres en este mundo murieron, Aita y yo dependíamos el uno del otro.

Cuando ocurrió aquel accidente de auto, no dudé en cubrirla con mi cuerpo. Por eso terminé con lesiones internas graves y quedé en terapia intensiva.

Ella me abrazó llorando y dijo que, pasara lo que pasara, me protegería de ahora en adelante.

También dijo que éramos los únicos familiares que nos quedaban en este mundo.

Pero el día que me dieron de alta, la vi llevar a casa a Castel, el hijo ilegítimo de papá que hasta entonces había vivido fuera y cuya existencia casi nadie mencionaba, y decirme que, desde ese día, sería uno más de nuestra familia.

Dejó que Castel se mudara a mi habitación y permitió que torturara al perrito que yo había criado durante ocho años hasta matarlo.

En cada pelea entre Castel y yo, ella siempre se ponía de su lado.

Sin preguntar nada, me acusaba de mezquino y rencoroso.

Tardé ocho años en acumular esos 97 puntos de afecto, y Castel me los arrebató todos en apenas una semana.

Desde entonces, el afecto de Aita por mí no dejó de caer. Incluso dejó de reconocerme como su familia frente a los demás.

Al verme sentado en el suelo, inmóvil y aturdido, Aita sacó de su bolso un frasco de pastillas para el corazón y lo arrojó frente a mí.

—¿Otra vez vas a fingir que te duele el corazón? Tómate la medicina y lárgate de una vez.

En realidad, yo no tenía ninguna enfermedad del corazón.

Antes, el pecho me dolía por los castigos del sistema, y Aita, preocupada de que me pasara algo, siempre llevaba medicamento encima.

Pero esta vez ya no sentí el menor consuelo. Tomé el frasco, vacié un montón de pastillas blancas en mi mano y me las llevé a la boca.

Aita se quedó helada por un instante. Luego gritó y me golpeó la mano.

Las pastillas que tenía en la boca salieron disparadas. Aita me sujetó la muñeca con fuerza, con la voz temblando.

—¡Te volviste loco!

No estaba loco. Solo quería volver a casa. Quería despedirme de mi verdadera hermana.

Me quedé en silencio.

Aita me fulminó con la mirada.

Al ver que cada vez había más invitados alrededor, ordenó con impaciencia a los guardaespaldas que me sacaran del crucero.

Pero justo cuando acababan de levantarme del suelo, detrás de mí se oyó el sonido de unos tacones.

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