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Portada de la novela Mi Muerte Fue Su Peor Castigo

Mi Muerte Fue Su Peor Castigo

Al casarse con el poderoso heredero Alberto Aguirre, Sandra no esperaba que él mismo la arrastraría a firmar el divorcio para complacer a su hermana adoptiva, Beatriz. Humillada por el entorno de su esposo y abandonada por sus propios hermanos —Jorge, Miguel y Ángel—, quienes la obligan a apartarse para no arruinar la felicidad de Beatriz, Sandra es forzada a retirarse. Sin embargo, en el peor momento de amargura, el sistema se reactiva para ofrecerle el retorno a su mundo real tras completar su misión. La farsa ha terminado y ella no volverá a jugar bajo sus reglas.
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Capítulo 2

Miguel se quedó paralizado, incapaz de creer lo que acababa de oír.

Solté una risa burlona, me aparté de él y fui hacia el conductor del auto negro, que seguía maldiciendo entre dientes.

—Luego te transfiero lo de la reparación.

Miguel apretó los puños con fuerza. Tenía los ojos enrojecidos en las comisuras.

Al principio me sorprendió, pero enseguida entendí por qué.

—Ah, claro. No usé dinero de la familia. Esto lo voy a pagar con lo que me gané yo sola…

—¡Sandra!

Me interrumpió de golpe, como si ya no pudiera soportarlo ni un segundo más.

Y, aun así, alcancé a ver en su rostro un dejo de resentimiento.

—Eres la única hija de la familia. Aunque tuviera que entregarte toda la fortuna de los Nogueda, yo no diría ni una palabra.

Me pareció casi ridículo.

Lo miré directo a los ojos.

—¿Ah, sí?

Su cuerpo se estremeció levemente, como si recién en ese momento hubiera reaccionado.

Porque la hija única de la familia, al menos de nombre, era Beatriz.

Y yo, la verdadera hija de los Nogueda, no era más que una loca delirante con la reputación por los suelos.

Me eché a reír sin freno, aunque las lágrimas terminaron por caérseme solas.

Hubo un tiempo en que Miguel y yo éramos inseparables. Incluso cuando tenía que ir a grabar, me llevaba con él.

Pero ahora solo sabía mirarme con frialdad y ordenarme que siempre le cediera el paso a Beatriz.

Me arrastró de vuelta al auto y, con la cabeza baja, murmuró:

—Cuando Beatriz gane el premio de física, haremos público que tú eres la verdadera hija de la familia… Todo lo de antes no fue más que un malentendido…

No quise responderle. Giré la cabeza hacia la ventanilla.

El paisaje del otro lado del cristal se deslizaba hacia atrás, fugaz, como si nada pudiera quedarse.

Antes de llegar a este mundo, yo era huérfana.

En un chequeo médico de rutina me detectaron cáncer óseo.

Estaba acostada en la cama del hospital cuando el dolor me hizo perder el conocimiento.

Y cuando volví a abrir los ojos, el sistema ya me había enviado a este mundo y me había convertido en una niña de seis años.

[Cuando el nivel de conquista de los hermanos Nogueda y del protagonista masculino, Alberto, llegue al 80 % y logres casarte con él, recibirás una recompensa de cien millones de dólares y podrás volver al mundo real.]

Después de eso, solo se oyeron unos chasquidos y un ruido de estática. Casi pensé que todo había sido una alucinación.

Pero poder vivir una segunda vida con un cuerpo sano tampoco sonaba tan mal.

El auto seguía avanzando sin sobresaltos mientras Miguel me tenía sujeta la muñeca con fuerza. Las yemas de sus dedos me rozaban suavemente el dorso de la mano, igual que antes, cuando intentaba calmar mis noches de insomnio.

Yo, que había crecido sin familia, había terminado aferrándome a ese cariño que creía solo mío.

Incluso pensé en renunciar a la misión y quedarme.

Pero desde que Beatriz, la huérfana que yo misma había traído a casa, entró en nuestra vida, toda esa ternura empezó a volcarse por completo en ella.

Pasé de hacer berrinches a discutir con ellos, y de ahí a hundirme en una desesperación casi histérica. Al final, lo único que obtuve fue una frase fría:

—Ya deja de armar escándalos. Mira nada más en lo que te has convertido.

Cuando el auto se detuvo frente a la mansión de los Nogueda, me solté de la mano de Miguel y bajé sin mirarlo.

Su voz me alcanzó por detrás, incrédula:

—Sandra, estoy herido. Todo fue para protegerte…

Lo interrumpí sin expresión alguna.

—Si estás herido, ve al médico. ¿De qué me sirve que me lo digas a mí?

Empujé la puerta principal y lo primero que vi fue a Beatriz, sentada en el sofá, con todos a su alrededor, como si fuera el centro del universo.

Jorge tenía el rostro serio y, con gesto helado, le dio un golpe seco en el hombro a Alberto.

—Por tu culpa, Beatriz pasó tres días enteros sin comer bien ni dormir. ¿Se puede saber cómo la estuviste cuidando?

Beatriz se apresuró a detenerlo.

—De verdad ya estoy bien. Todo fue un malentendido. Ahora que ya lo aclaramos, no pasa nada.

Me quedé en la entrada, contemplando en silencio aquella escena en la que todos giraban alrededor de Beatriz.

[Anfitriona, se ha detectado una disminución en sus niveles de dopamina…]

La voz mecánica del sistema sonó extrañamente apagada.

[Entonces, anfitriona… ¿se siente muy triste en este momento?]

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