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Portada de la novela Renací, y Mi Hermana Eligió Mi Infierno

Renací, y Mi Hermana Eligió Mi Infierno

Tras renacer, Elena elige quedarse con su padre adicto al juego, esperando la futura fortuna que obtuvo en la vida pasada, mientras Martha acepta irse con su madre y un padrastro multimillonario. Sin embargo, Elena ignora que la redención de su padre no fue fortuita, sino el resultado del sacrificio extremo de Martha, quien consumió su propia salud para salvarlo. Ahora, en esta nueva oportunidad, Martha se marcha a la costa en silencio, dejando que su hermana enfrente las verdaderas consecuencias de su egoísta elección.
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Capítulo 1

El día en que mis padres se divorciaron, caía un aguacero.

Sobre la mesa había dos opciones: una era quedarme en el barrio viejo con papá, adicto al juego y hundido en deudas; la otra, irme a la ciudad costera con mamá, que estaba por volver a casarse con un magnate.

En mi vida pasada, mi hermana menor, Elena Aguilar, lloró y armó un escándalo porque quería irse con mamá. Yo, en cambio, tomé mi bolsa de viaje en silencio y me fui con papá.

Después, papá dejó el juego y se hizo rico gracias a un proyecto de demolición y renovación urbana. Me consintió como si yo fuera su tesoro más preciado.

Pero Elena, en casa de su padrastro, soportó malos tratos en silencio. La tenían encerrada, y al final murió consumida por la depresión.

Esta vez, después de renacer, Elena le quitó el cigarro de la mano a papá y se abrazó a él con fuerza.

—Martha, se me rompe el alma ver a papá así. Tú vete a disfrutar de la buena vida. Yo me quedo con él.

Papá se quedó atónito por un instante y enseguida le acarició la cabeza, aliviado.

Yo no dije nada. Solo elegí irme a la ciudad costera.

Lo que ella no sabía era que, en mi vida pasada, papá solo pudo dejar el juego porque yo, aun con un tumor cerebral, me desviví para pagar sus deudas, hasta acabar vomitando sangre.

Fue mi vida la que lo sacó del abismo.

Agarré mi bolsa de viaje.

—Lárgate, lárgate. Vete con tu madre, esa trepadora interesada.

Papá agitó la mano como si estuviera espantando moscas.

Elena se escondió detrás de él y me sacó la lengua. Articuló cada palabra exageradamente para que yo pudiera leerle los labios con claridad:

—Luego no vengas a arrodillarte a suplicarme que te preste dinero.

Me limité a sonreír y no dije nada. Me di la vuelta y caminé bajo la lluvia.

Encogí el cuello entre los hombros; sentía que el frío se me metía hasta los huesos.

La verdad, daba igual adónde fuera.

Solo quería encontrar un lugar tranquilo donde pasar en paz el tiempo que me quedaba. No quería volver a escuchar a los cobradores golpeando la puerta por culpa de mi padre adicto al juego, ni quería volver a oler ese hedor a cigarro barato que me revolvía el estómago.

El Mercedes negro de mamá estaba estacionado a la entrada del callejón.

La ventanilla bajó y dejó ver su rostro impecablemente maquillado.

Frunció el ceño al verme empapada de pies a cabeza. En sus ojos había un desprecio imposible de ocultar.

—¿Qué te pasó? Mira cómo vienes. Súbete rápido, no vayas a ensuciar el auto.

Abrí la puerta del asiento trasero y estaba por sentarme cuando ella volvió a hablar.

—Esa bolsa, al maletero.

Señaló la bolsa de viaje que llevaba en la mano.

—Estás hecha un asco. Quién sabe qué bacterias traes encima.

Me quedé quieta un instante.

Pero al final obedecí. Cerré la puerta y metí la bolsa en el maletero.

Cuando volví a subir, me acurruqué en un extremo del asiento, sin atreverme a rozar los asientos de cuero.

Dentro del auto, la calefacción estaba a tope, pero yo seguía sintiendo frío.

—Cuando estés allá, compórtate.

Mamá conducía mientras me observaba por el retrovisor.

—A tu padrastro no le gustan los escándalos, así que, cuando no tengas nada que hacer, quédate en tu habitación. No hagas ruido al comer, no arrastres los pies cuando camines. Y otra cosa: no menciones a tu papá. Solo trae mala suerte.

Miré la cortina de lluvia al otro lado de la ventana y asentí.

—Entendido.

La punzada en mi cabeza volvió a clavarse.

La vista se me nubló por un instante y me llevé una mano a la frente.

—¿Qué te pasa? —preguntó mamá, impaciente.

—Nada, me mareé en el camino —dije.

—Qué delicada —resopló ella—. Igualita a tu padre.

Cerré los ojos y me tragué el sabor dulzón y metálico que me subía a la garganta.

En mi próxima vida, de verdad no volveré a pasar por esto.

El auto avanzó durante cinco horas. Ya era noche cerrada cuando entramos en un complejo de villas en la ladera de la montaña. Todo resplandecía bajo luces deslumbrantes, pero el lugar estaba sumido en un silencio sepulcral.

—Ya llegamos.

Mamá estacionó, se retocó el labial y respiró hondo.

Ya se estaba metiendo en su papel: pasó de ser la mujer mordaz y cruel que era conmigo a convertirse en la esposa dulce y considerada.

—Bájate.

Tomé la bolsa de viaje y caminé detrás de ella.

En el sofá de la sala estaba sentado un hombre. Tenía una manta sobre las piernas y un libro en las manos.

Al oírnos entrar, levantó la cabeza.

Ese era mi padrastro, Víctor Jiménez.

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